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Pregón en calle "Los Danzadores", en Nieva de Cameros...

Sep 24
3 min read

Buenas tardes a todos y todas, vecinos ilustres de la calle “Los Danzadores”. Gracias por darme esta oportunidad de escribir el pregón en el decimotercer aniversario de “las Fiestas del Barrio”. Es cierto que ya no resido en el vecindario, pero frecuento esta vía todo lo que puedo. Como dijo aquel poeta hace más de un siglo, “la patria de cada uno es su infancia”, así que este tramo inclinado siempre me acompaña, ya sea en forma de recuerdos, expectativas por cumplir o lugar de peregrinaje familiar.


Cuando contemplo de nuevo nuestra calle, ya en mi madurez, lo primero que me llama la atención es su pendiente, que no es poca. Tal vez por eso siempre tuve buenas piernas de mozo, de tanto correr arriba y abajo. Recuerdo sus estrías en diagonal, dibujadas en el pavimento, convergiendo hacia la arteria central mientras me aproximaba a la plaza, con un bocadillo de chorizo en la mano y un jersey en la otra. También, sin saber porqué, me vienen a la cabeza las esquinas de algunas casas maltratadas por los coches, rugosas y escarpadas, como si existieran en defensa propia. Echo de menos tener más tiempo y sentarme en los bancos de cemento de la Rosario, que en paz descanse, y de Marisol, siempre hospitalaria, testigos mudos de tantas conversaciones, desvelos y esperas. El olor a barniz de los marcos de la casa nueva, la piedra pelada del muro de las Eras, las rejas que vigilan el callejón al ayuntamiento, las puertas heridas que nunca se abrían a nadie y aún hoy continuan igual. Pero sobre todas las cosas, el portal de la casa vieja, nuestro portal, el de la revolución francesa, es para mí lo más parecido a un tótem inmortal que un niño podía contemplar. Aquello que permanece mientras uno cambia sin querer.


No sabría decir, en realidad, si esta vía comienza o acaba, brota o se pierde, hacia dónde va o de donde viene. Es un todo flotando sin ningún orden en particular, un conjunto de destellos atemporales que se agolpan en mi cabeza. Mi abuela Angelita, sentada en su pollete, viendo desfilar a medio pueblo a la salida de una misa. De repente ha nevado, es Semana Santa, y un metro de copos blancos nos impiden a mi padre y a mí regresar a Madrid. Me caigo y las rodillas sangran, pero da igual, esa noche jugaré al botebote más abajo, en la plaza. Es verano y Nino, el abuelo de Ángel Víctor, me riñe y no recuerdo porqué. Años después, en plena edad del pavo, asomo hacia la casa de los canarios, donde mis tíos y mi padre cantan y celebran los buenos tiempos, pero me da vergüenza pasarme, así que me quedo en la calle, nuestra calle, deambulando arriba y abajo. Y aquí sigo. Hace cuatro meses rodamos una película y orientamos la cámara hacia la torre de la iglesia, porque contra su campana estrellábamos perdigones mis primos y yo, entre otras travesuras. Cómo olvidarlo. Aunque si existe un trayecto para llegar al cielo, en mi caso se accede por el frontón. No sé si en términos municipales este se encuentra al final de nuestra calle, o dentro del perímetro del barrio. Pero para mí, el recorrido desde la casa vieja hasta esa mole de piedra, pala en mano, a la espera de que alguien apareciera con ganas de jugar, representaba el final por arriba, el lugar donde convergían todos los caminos, la respuesta perfecta al aburrimiento, el más puro sentido de la felicidad.


Me he preguntado tantas veces cómo hubiera sido mi percepción del mundo si nuestro rellano se hubiera situado más abajo, lejos de la iglesia. Si en lugar de dos casas, sólo hubiéramos contado con una, ni vieja ni nueva. Si nunca hubiera convivido con mis tíos y mis primos, si no hubiera tenido ni alegrías ni tristezas, ni risas ni llanto, si simplemente algo existiera para siempre, sin fecha de caducidad, como esta calle. Me he preguntado si es posible una existencia sin pueblo, sin fiestas, sin danzadores, sin vecinos que conocen a tus abuelos, sin jugar a adivinar quién viene por cómo retumba el motor de su coche, o su bici, o el tono de su voz. Me he preguntado si se puede vivir con la creencia de que tu mundo se acaba porque se acaba el verano, y regresar en invierno y que todo siga igual. Me he preguntado tantas veces como sería mi vida sin haber gozado de esta calle y este barrio, que ahora sé que nunca dejaré de hacerlo.


La esencia de este lugar permanece. Lo hace gracias a las personas que se preocupan de la logística, las llamadas, de cocinar, de echar una mano con lo que haga falta, de estar siempre pendientes. ¡Gracias a todos!. ¡Qué importante es mantener vivos los ritos y las tradiciones!


¡Viva la calle Los Danzadores! ¡Vivan las fiestas del Barrio!




 
 
 

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